Mostrando entradas con la etiqueta NEUROFISIOLOGÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta NEUROFISIOLOGÍA. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de enero de 2018

MUEVE LOS PIES PARA ENTRENAR LAS NEURONAS

Empiece por concentrarse y estudie durante 45-60 minutos esa información tan difícil de retener que necesita para aprobar su próximo examen. Espere que transcurran cuatro horas, póngase el chándal y salga a practicar un ejercicio aeróbico durante 35 minutos, procurando que su ritmo cardíaco alcance el 80% de sus pulsaciones máximas. Éstos son los pasos a seguir si queremos aplicar la última técnica de estudio descubierta por neurocientíficos holandeses y dada a conocer en Current Biology. El resultado: lo que ha estudiado quedará grabado a fuego en su hipocampo, el área de la sesera con forma de caballito de mar encargada de almacenar información a largo plazo.
No es magia, sino pura química. Los científicos saben desde hace algún tiempo que cuando en el cerebro se liberan dopamina y norepinefrina (catecolaminas), la memoria se consolida. Y resulta que el ejercicio físico es una de las actividades que más aumenta la secreción de estas moléculas. "Todo cuadra", asegura Guillén Fernández, investigador del Centro Médico de la Universidad de Radboud (Países Bajos) y coautor del estudio, que también ha demostrado que ejercitarse inmediatamente después de estudiar no tienen ningún efecto sobre la memoria. "Los cambios químicos ocurren con un ejercicio adecuadamente temporizado, realizado en el momento oportuno", argumenta Fernández.
Buena parte de los efectos del deporte se debe a que poner los músculos a trabajar aumenta la producción de la proteína BDNF (siglas inglesas de factor de crecimiento derivado del cerebro). La molécula que cumple funciones de socorrista para las neuronas. Tal y como se podía leer a principios de año en la revista Neurology, cuanto mayor es la reserva de esta sustancia más protegido está nuestro cerebro frente a agresiones como las placas que se forman en la mente de los enfermos de Alzhéimer. Aumentar la cantidad de BDNF equivale a pisar un freno que ralentiza el deterioro cognitivo hasta un 40%.
A fin de cuentas, la edad de nuestro cerebro depende de cuánto movemos nuestro esqueleto. Dicho de otro modo, mover las piernas es el ansiado elixir de la eterna juventud. Empleando técnicas de neuroimagen, un equipo de científicos japoneses liderado por Hideaki Soya demostró hace poco que gran parte del cerebro de los hombres de edad avanzada que se mantienen en forma funciona prácticamente igual que una sesera joven. Entre otras cosas, mientras que al envejecer solemos dejar de usar la corteza prefrontal izquierda para afrontar tareas mentales que implican a la memoria a corto plazo o la capacidad de reconocer objetos y personas, en individuos entrenados la actividad de esa zona se mantiene a tope con el paso de los años. Como si fueran siempre unos chavales. Investigadores de la Universidad de Miami (EE UU) han dado un paso más traduciendo los efectos del sedentarismo a cifras. Apalancarnos, aseguran, hace que el cerebro envejezca 10 años más rápido que si practicamos ejercicio moderado o intenso.

SIN DEPRESIÓN

Huelga decir que las neuronas salen muy bien paradas cada vez que vamos a correr o a montar en bicicleta. Entre otras cosas porque el ejercicio intenso aumenta también los niveles de dos neurotransmisores, el glutamato y el GABA (siglas de ácido gamma aminobutírico) que previenen la depresión, como ha demostrado Richard Maddock, psiquiatra de la Universidad de California-Davis (EEUU). En sus experimentos ha puesto de manifiesto también que cuando adoptamos estilos de vida sedentarios el que peor parado sale es el órgano pensante. Después de todo, no hay que perder de vista que, desde un punto de vista metabólico, el ejercicio vigoroso consume más energía cerebral que hacer complicados cálculos matemáticos o jugar al ajedrez. Y aunque nadie sabe a ciencia cierta aún en qué se emplea tanta energía, Maddock asegura que en parte se destina a fabricar neurotransmisores a manos llenas.
No sólo eso. El gasto energético cerebral se podría explicar porque salir a correr y otros ejercicios aeróbicos ponen en marcha la fabricación de neuronas nuevas (neurogénesis) en las zonas de la sesera dedicadas al aprendizaje y la memoria. Y eso aumenta el volumen de la mollera. Sobre todo de la corteza entorrinal, que crece considerablemente cuando ejercitamos nuestros músculos, según demostraba hace poco un estudio de la Universidad de Boston (EEUU).
A la vista de estas investigaciones, el cliché de empollón cuatro ojos, patoso y apalancado en el sofá ha quedado completamente obsoleto. Hincar los codos resulta más efectivo cuando ejercitamos el resto del cuerpo. Y para presumir de ser el más listo de la clase y tener una auténtica memoria de elefante no hay nada mejor que dedicar tiempo a correr y cultivar la musculatura. Mens sabia in corpore deportista.
http://www.elmundo.es/vida-sana/mente/2017/01/13/586e0fd6e5fdea8c248b4676.html

sábado, 26 de septiembre de 2015

LOS EFECTOS DE LA ACTIVIDAD FÍSICA EN EL SUEÑO

NEUROFISIOLOGÍA 

Una revisión de estudios publicada este mes en la revista Journal Behavior Medicine señala al ejercicio físico como el mejor ansiolítico y antidepresivo natural. Según sus conclusiones, ayuda a dormir más rápido, aumenta el tiempo de las fases más profundas del descanso y disminuye el número de despertares durante la noche. Cuando el cuerpo se mueve incrementa la actividad metabólica, la del sistema nervioso simpático (nos prepara para la acción, asciende la frecuencia de los latidos cardiacos) y también la temperatura corporal. Estos aspectos fisiológicos favorecen la vigilia durante las dos y cuatro horas siguientes, dependiendo de la intensidad del ejercicio. Después, se va produciendo la reacción contraria, una curva descendente durante la cual "disminuye la tasa metabólica, existe predominio del sistema parasimpático (responsable de las actividades que ocurren cuando el cuerpo está en reposo) y se reduce la temperatura corporal, lo que facilita la conciliación del sueño", argumenta Diego García-Borreguero, director del Instituto de Investigaciones del Sueño de Madrid. 

Por esta razón, en líneas generales, "para tener un sueño más profundo, recomendamos actividad física entre cuatro y seis horas antes de irse a dormir". Al margen del ejercicio, expone el experto, "la temperatura corporal va variando a lo largo del día. A partir de las once de la noche empiezan a decaer los grados del organismo y es cuando se origina la somnolencia". Si la persona ha salido a correr al parque sobre las 18 o 19 horas, lo que sucede entonces es que "se maximiza el proceso natural del ritmo diario de la temperatura corporal". Además, argumenta el presidente de la Sociedad Española del Sueño, Joaquín Terán Santos, mientras el cuerpo se ejercita "crecen las concentraciones de serotonina. Cuando se mantiene este hábito en el tiempo, dicho aminoácido acaba adquiriendo un patrón muy parecido al ritmo natural de la luz y la oscuridad (ritmo circadiano) que regula el sueño. Es decir, actúa reforzando al proceso natural". 

La hora importa Aunque no hay conclusiones definitivas en los análisis científicos desarrollados hasta la fecha, todo parece indicar que la hora escogida para ir a nadar o caminar marca la diferencia. Por la mañana, así como en cualquier momento del día, los efectos beneficiosos sobre la salud son indiscutibles, pero puede que "no tenga relación con un mejor descanso", apunta García-Borreguero. Y si, por el contrario, se practica actividad física poco antes de acostarse, "va a ser difícil conciliar el sueño porque el organismo aún estará muy acelerado" y hay que dar tiempo a que se normalice. A esto se suma, según el neurofisiólogo Francisco Javier Puertas, que la práctica de deporte "favorece la liberación de adrenalina. Y a la cama hay que ir relajado". Tampoco conviene tomar otros estimulantes como café o chocolate. Al igual que la hora, la frecuencia, el tipo de ejercicio y la intensidad son otros condicionantes que la evidencia científica analiza. Para empezar, la actividad física debe ser regular. 

Tal y como rezaba en 2013 un análisis de la revista Journal of Clinical Sleep Medicine, pasar 45 minutos en una cinta de correr un día no aportará ventajas a la hora de dormir esa misma noche, requiere constancia. El trabajo se centraba en un protocolo de 30 minutos unas tres o cuatro veces por semana. Otros estudios apoyan esta tesis y se atreven a hacer algunas estimaciones: 150 minutos de ejercicio a la semana podrían mejorar en un 65% la calidad del sueño. Además de una práctica habitual, conviene que la actividad física esté relacionada con ejercicios de fuerza (hacer pesas) y de resistencia aeróbica (correr, bailar, caminar, subir escaleras, nadar...). Se alejan más del objetivo "los ejercicios intensos ligados a la competición y aquellos que requieren alta capacidad de concentración [a nivel de campeonatos], como el fútbol o el baloncesto", puntualiza Terán Santos. Implican "mucha actividad cerebral que pone en marcha mecanismos fisiológicos que dificultan la posibilidad de dormir". 

Cuando el ejercicio físico es muy intenso y regular, como el caso de los corredores de maratones, se ha visto que se produce hipersecreción de algunas hormonas del estrés, como el cortisol. "No es infrecuente que esta parte de la población tenga insomnio", declara García-Borreguero. Las dificultades para dormir y la incapacidad para tener un sueño profundo, con despertares frecuentes, "merma el rendimiento físico e intelectual, provoca ansiedad y depresión", describe el doctor Puertas. Su colega, el presidente de la SES, resume que "dormir poco favorece la obesidad, la morbimortalidad cardíaca y la mortalidad en general". También resalta el trabajo de un grupo español de sueño que está investigando la asociación entre apneas y el desarrollo de algunos tumores. Convendría contabilizar, añade el especialista, los accidentes de tráfico que se producen por una capacidad de reacción disminuida por el exceso de somnolencia. El estrés y la crisis Cada vez más personas padecen de insomnio. 

Según las encuestas nacionales de salud, hasta casi un 35% de la población reconoce algún trastorno del sueño. La causa más frecuente, puntualiza Terán Santos, «no es la enfermedad sino el déficit de sueño inducido por el ritmo de vida actual, los horarios de trabajo, los turnos, hábitos inadecuados como la lectura en las tabletas antes de acostarse...». En las últimas décadas, «hemos reducido en un 20% el tiempo que dedicamos a dormir. Vivimos en una sociedad más exigente, con más estrés, preocupaciones, la crisis...», explica Hernando Pérez, coordinador del Grupo de Estudio de la Vigilia y Sueño de la Sociedad Española de Neurología (SEN). Todo un caldo de cultivo que ha favorecido el "preocupante" aumento del consumo de fármacos que ayudan a dormir. El uso de ansiolíticos (Orfidal o Valium) en España ha incrementado un 57% desde el año 2000 al 2013. El consumo de hipnóticos (como el Lexatin o Stilnox) ha aumentado un 30% en el mismo periodo. 

"Hay un exceso de medicación", remarca el neurofisiólogo Puertas. Según datos de la Sociedad Española del Sueño, el 70% de los ancianos consume habitualmente hipnóticos y el 17% asegura que no puede dormir si no recurre a este tipo de medicamentos. "Los hipnóticos son efectivos sólo en casos de insomnio agudo y tomados durante un tiempo limitado (4-6 semanas), pero los especialistas nos estamos encontrando con muchos casos en los que se llevan consumiendo a diario durante 20-30 años", señala el experto de la SEN. Son relajantes musculares que "pueden empeorar las apneas, producir más caídas en las personas mayores" y, según las últimas investigaciones, "su consumo crónico se asocia a mayor riesgo de deterioro cognitivo". Además, son cómplices a la hora de perpetuar el insomnio. "Con el paso del tiempo se desarrolla tolerancia, pierden efecto y crean dependencia". 

Dentro de una sociedad medicalizada, coinciden los especialistas consultados por EL MUNDO, lo más fácil es prescribir, renovar y mantener un fármaco que se sabe no es tóxico, aunque no hay investigaciones más allá de los cuatro meses de tratamiento. Resulta fundamental acompañar la medicación inicial (el 90% de los insomnes toma antidepresivos y ansiolíticos conjuntamente) con un programa para reeducar (existen unidades del sueño que ayudan a este tipo de personas) al paciente e integre hábitos de higiene en su día a día. 

Por ejemplo, evitar comidas abundantes, desarrollar una rutina antes de acostarse, ir a dormir y despertarse a la misma hora, evitar las siestas, relajarse, no beber alcochol, no ver la televisión antes de acostarse... Y, por supuesto, practicar ejercicio aeróbico regular, que, dada la literatura científica publicada, mejora la calidad del sueño en las personas con problemas para dormir. Así como el ejercicio ayuda a mejorar el descanso nocturno de las personas con insomnio, también ofrece ventajas en otros trastornos del sueño. Uno de los más frecuentes, la apnea (interrupción momentánea de la respiración durante el sueño). Tal y como argumenta Hernando Pérez, "la actividad física está relacionada con un aumento del tono muscular, aliviando el problema de los ronquidos y combatiendo la obstrucción de las vías aéreas". También trabaja contra la obesidad, otro factor predisponente al descanso inadecuado por la noche. "La grasa se acumula por la zona del cuello y puede obstruir el paso del aire". 

 En España, reflexiona el presidente de la SES, "tenemos un problema de horarios en comparación con otros países europeos", que ajustan mejor sus estilos de vida a los ritmos de luz y oscuridad. Sería interesante modificar, además de hábitos individuales, otros más generales, como "los husos horarios, que correspondieran con una hora menos. O adelantar la emisión de la programación de máxima audiencia". Tanto a la población general, como a los sanitarios como a los políticos "nos invade el concepto de que el sueño no es un fenómeno biológico". Falso. Se ha demostrado que dormir es una actividad absolutamente necesaria. Durante el sueño se ponen en marcha diferentes funciones fisiológicas imprescindibles para el equilibrio físico y psíquico, como el proceso de aprendizaje y memoria, una eliminación 10 veces más eficaz de los residuos de las células cerebrales o la restauración de la homeostasis del sistema nervioso central y del resto de los tejidos. 'Thatcher', un gen clave para deslumbrar durmiendo poco ¿Por qué a algunas personas les basta con cuatro horas de descanso y otras necesitan más de ocho? 

Son distintos cronotipos reconocidos ya por los expertos y la respuesta parece que está en la genética. En los últimos años se ha visto que ciertos genes determinan cuánto dormimos y a qué hora lo hacemos. Por ejemplo, un gen bautizado Thatcher parece ser responsable de que algunos individuos tengan necesidades de sueño breve, es decir, que "durmiendo cuatro horas funcionen perfectamente", expone Diego García-Borreguero, director del Instituto de Investigaciones del Sueño en Madrid. En el estudio donde se describe el papel de dicho gen, realizado por un equipo de Genómica Aplicada de Filadelfia, se pone de relieve, además, que con sólo cuatro horas de descanso, este perfil de personas muestra un nivel de rendimiento mayor en ejercicios mentales. 

Como ejemplo, la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, a quien el gen p.Tyr362 debe su nombre, ya que trabajaba 20 horas al día y dormía sólo cuatro. En esta línea de investigación, los científicos también han descubierto que este gen "actúa sobre los canales de potasio de las células cardiacas (que son los que van a determinar el momento de contracción de dichas células), produciendo alteraciones en los canales e incrementando el riesgo de cardiopatías", argumenta el especialista español. Dormir menos de cinco horas diarias "eleva la mortalidad y el riesgo cardiovascular entre dos y tres veces más", puntualiza García-Borreguero. Esto significaría que este aumento de probabilidades de sufrir enfermedades del corazón por parte de quienes duermen menos viene determinado por mecanismos genéticos, no sólo por el hecho de tener menos horas de sueño. Conocer más sobre la relación entre genética y sueño ayuda a identificar proteínas defectuosas a partir de las cuales podrían desarrollarse nuevos fármacos que en un futuro bloqueen procesos anómalos del sueño o del corazón. http://www.elmundo.es/salud/2015/01/23/54c140f922601de4148b4574.html